El día en que tus hijos empiezan a esperarte a ti

Hace años llevaba a mis hijos a subir el Cerro de la Silla. Lo hacíamos varias veces al mes. Era una de esas actividades sencillas que terminan convirtiéndose en recuerdos sin que uno se dé cuenta. En una de esas subidas, apenas íbamos comenzando cuando vimos a un papá con sus dos hijos.

Roberto Carlos Rodriguez Guzman

10/7/20263 min read

El día en que tus hijos empiezan a esperarte a ti

Hace años llevaba a mis hijos a subir el Cerro de la Silla.

Lo hacíamos varias veces al mes. Era una de esas actividades sencillas que terminan convirtiéndose en recuerdos sin que uno se dé cuenta.

En una de esas subidas, apenas íbamos comenzando cuando vimos a un papá con sus dos hijos.

El pobre señor ya no podía más.

Uno de los niños, en cambio, todavía tenía energía suficiente para correr alrededor de él como si acabara de llegar.

Hasta que el papá lo miró y le dijo:

— Hasta aquí, mijo… te ves muy cansado.

Me dio mucha risa.

Era evidente quién estaba cansado y definitivamente no era el niño.

Pero hace poco recordé aquella escena y me hizo pensar en algo que ocurre con los hijos casi sin que nos demos cuenta.

Al principio, tú marcas el paso

Cuando son pequeños, eres tú quien decide hasta dónde pueden llegar.

Los llevas contigo.

Les enseñas.

Les dices dónde poner el pie.

Les pides que tengan cuidado.

Si avanzas demasiado rápido, disminuyes el paso.

Si se cansan, los esperas.

Y si hace falta, los ayudas a continuar.

Durante mucho tiempo parece natural que sea así.

Tú eres el adulto.

Tú conoces el camino.

Ellos vienen detrás.

Y esto no ocurre solamente cuando subes un cerro.

Sucede prácticamente con todo.

Les enseñas a cruzar una calle, a andar en bicicleta, a resolver un problema, a administrar su dinero, a tomar decisiones y, poco a poco, a enfrentarse a un mundo que antes conocían casi exclusivamente a través de ti.

Hasta que algo cambia.

Un día ya no eres tú quien espera

No existe una fecha en el calendario.

Nadie te avisa.

Simplemente un día ocurre.

Sales a caminar con ellos y descubres que tienes que pedirles que vayan un poco más despacio.

Intentas enseñarles algo y resulta que ellos saben más que tú.

Te ayudan con algo que antes tú hacías por ellos.

Empiezan a tomar sus propias decisiones.

A resolver sus propios problemas.

A encontrar caminos que tú ni siquiera conocías.

Y entonces ocurre algo curioso:

después de pasar años esperándolos, son ellos quienes empiezan a esperarte a ti.

Creo que puede dar un poco de nostalgia.

Pero también muchísimo orgullo.

Porque durante años una parte de nuestro trabajo como padres consiste precisamente en eso: darles herramientas para que algún día ya no necesiten que les digamos dónde poner el siguiente pie.

Queremos que sean independientes, aunque verlos convertirse en personas independientes también significa aceptar que nuestro papel está cambiando.

Tal vez esa era la meta desde el principio

Con los hijos existe una contradicción interesante.

Cuando son pequeños queremos protegerlos de todo.

Pero al mismo tiempo estamos tratando de prepararlos para un momento en el que nosotros ya no podamos — o no debamos — hacerlo todo por ellos.

Queremos que aprendan.

Que se equivoquen.

Que vuelvan a intentarlo.

Que construyan sus propias ideas.

Que encuentren su camino.

Y, con un poco de suerte, que lleguen mucho más lejos de lo que nosotros llegamos.

Quizá por eso hoy recuerdo de manera diferente a aquel papá del Cerro de la Silla.

Su hijo todavía corría alrededor de él mientras él intentaba recuperar el aire diciendo que el cansado era el niño.

Era una escena muy sencilla.

Pero también se parece bastante a lo que termina ocurriendo con el paso de los años.

Primero caminamos delante de nuestros hijos y les enseñamos el camino.

Después caminamos a su lado.

Y algún día, inevitablemente, ellos comienzan a caminar delante de nosotros.

No creo que haya que sentir tristeza por eso.

Al contrario.

Tal vez criar a un hijo nunca consistió en conseguir que caminara a nuestro lado para siempre.

Tal vez consistía en darle lo necesario para que algún día pudiera caminar más lejos que nosotros.